Habíamos conversado en línea sobre las cosas que nos gustan y, por supuesto, yo le mencioné que soy amante del té. Cualquier tipo: menta, yerbabuena, té blanco, yerba mate, limón, manzanilla, etc.Pasaron varios días y llegó el día de vernos. Lo primero que hizo cuando tuvo oportunidad, fue entregarme un pequeño paquete, envuelto con un papel azul marino que tenía un diseño de "Merry Christmas" con letras cursivas blancas. Yo le agradecí mucho el detalle, pero no lo abrí. "¿Te imaginas lo que hay ahí dentro?", me preguntó. Le dije que no tenía idea y agité el regalo. Dentro de la caja se escuchaban como diminutos granos de arena. "¡¿Qué es?!", pensé al no imaginarme nada en particular. "¿Puedo abrirlo?", le pregunté. "Adelante", me animó.
Cuando estaba a punto de rasgar la envoltura, me di cuenta que estaba envuelto por sus propias manos y automáticamente, el regalo adquirió aún mayor valor. Lo abrí y tardé varios segundos en darme cuenta de que era una cajita de té surtido.
Me encantó el obsequio. La emoción que expresé fue real, nadie nunca me había regalado algo así antes.
Aquí es cuando digo: ¿Qué tanto pudo costarle esa cajita de té? Seguramente no mucho. Pero desde luego, ese no es el punto. El hecho de que recordara su conversación conmigo hablando de mis gustos, y que pensara en poner en mi cara una sonrisa con un detalle, ése sí es el punto.
Que se tomara el tiempo de buscar algo que realmente me fuera a gustar y además envolverlo con sus propias manos, todo eso tiene mucho más mérito que cuando alguien gasta mucho en un regalo que no te conmueve.
Ese día aprendí ––de verdad–– que lo importante no es lo que cuesta un regalo, sino el cómo lo das y con qué intención lo entregas.
Puedo decir que esa cajita de té me hizo feliz no sólo ese día, sino que es algo que recordaré siempre que vuelva a tomar té.
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