Comienzo a escribir esto, sin la oportunidad de pensar qué es lo que estoy haciendo y sin tener ni la más remota idea si quiero que esto sea una novela, un cuento, ensayo o una simple página. Mi nombre es Ángel. No, no soy hombre, soy una chica con nombre que regularmente se usa en varones y a mis dieciocho años de edad, tengo muchas preguntas cruciales sobre la vida. ¿Qué es lo que debe ser? ¿Qué debe NO ser? ¿Amor… enamoramiento? Sociedad, satisfacción personal… ¿Cómo puedo aplicar mis valores cuando la sociedad está manejando otro tipo de realidades, o cuando necesito aclarar mis pensamientos aunque sea por medio de una hoja de papel?
Hay un chico: Víctor. Él, a sus dieciocho años, es un ejemplo de hombre ideal: paciente, respetuoso, amable, sincero, comprensivo, leal y fiel, responsable, protector, gracioso y miles de cualidades más… la cuestión es, que desde niña he soñado con él.
Cuando yo tenía apenas la hermosa edad infantil de cinco años, veía mucho las caricaturas en la televisión o en videocasete. Entre mis dibujos animados preferidos se encontraban una serie de películas que versionaban de modo distinto, pero sin salir del contexto original, los cuentos bellísimos de hadas, que han escrito diferentes autores, tales como Charles Perrault, con su ejemplo mundial: La Cenicienta (Cinderella originalmente). Aunque no entendía muy bien algunos detalles de la historia, en ese caso, el odio o la envidia de la madrastra (yo creía que era una bruja), o el rechazo de las hermanastras hacia la protagonista, me centraba en varias cosas importantes, entre ellas la magia que tenía el Hada Madrina y el amor del Príncipe Azul. Como todas las niñas (o la mayoría), imaginaba estar ahí bailando en su lugar con un chico así de guapo, formal y centrado (aunque en ese tiempo no sabía el significado de esa palabra, sabía lo que era en esencia), para luego de partir, que él lograra reconocerte de entre muchas otras para ser su esposa. Sí, sí, qué romántico… y no voy a decir que no lo siga soñando, el problema es que esto, es la vida real.
Hay un chico: Víctor. Él, a sus dieciocho años, es un ejemplo de hombre ideal: paciente, respetuoso, amable, sincero, comprensivo, leal y fiel, responsable, protector, gracioso y miles de cualidades más… la cuestión es, que desde niña he soñado con él.
Cuando yo tenía apenas la hermosa edad infantil de cinco años, veía mucho las caricaturas en la televisión o en videocasete. Entre mis dibujos animados preferidos se encontraban una serie de películas que versionaban de modo distinto, pero sin salir del contexto original, los cuentos bellísimos de hadas, que han escrito diferentes autores, tales como Charles Perrault, con su ejemplo mundial: La Cenicienta (Cinderella originalmente). Aunque no entendía muy bien algunos detalles de la historia, en ese caso, el odio o la envidia de la madrastra (yo creía que era una bruja), o el rechazo de las hermanastras hacia la protagonista, me centraba en varias cosas importantes, entre ellas la magia que tenía el Hada Madrina y el amor del Príncipe Azul. Como todas las niñas (o la mayoría), imaginaba estar ahí bailando en su lugar con un chico así de guapo, formal y centrado (aunque en ese tiempo no sabía el significado de esa palabra, sabía lo que era en esencia), para luego de partir, que él lograra reconocerte de entre muchas otras para ser su esposa. Sí, sí, qué romántico… y no voy a decir que no lo siga soñando, el problema es que esto, es la vida real.
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