Cuando los días soleados parecen sombra, cuando las más dulces melodías se vuelven amargas... Cuando los protagonistas de la pelea son el cerebro y corazón y parece no haber nadie con una sola neurona para cubrirte la espalda desnuda de miedo... En esos días pareces luciérnaga sin luz y las mariposas en el estómago se convierten en murciélagos; la luna no es lo suficientemente fría y las farolas de las calles mantienen siempre su mismo tinte sepia que lleva a cualquiera al borde del tedio... Esos días son precisamente los que evitamos a toda costa, pero al caer en ellos les sacamos provecho y les exprimimos hasta la última gota de inspiración que contengan. La vida es luz y la luz es ventaja. Corramos a encontrarnos en cámara lenta en un campo floreado, gritemos por última vez lo que sentimos al viento y caminemos despacio sobre las aguas, mientras acecha una tormenta de relámpagos y luces de bengala que nos acelere el pulso. No hagas caso del ritmo, de la letra o de los murciéla...