
No pretendo llorar, ni amar,
ni sonreir, ni festejar,
ni deprimirme o aburrirme,
ni levantarme o cabecear...
No pretendo ser amada,
ni pestañear, ni recibir aire,
ni cantar o gritar...
ni dormir, ni tararear...
No pretendo, incluso,
lo que sé que pretendo.
No deseo dejarme intimidar
por el sentimiento más intenso,
ni por el que se dice más insignificante.
Desearía no sentir...
que tus pasos fueran borrados
de la línea de mi tiempo,
que tu voz riendo a carcajadas se extinguiera;
que tu mirada sosteniendo
ese par de abanicos, se desvaneciera...
Pretendo que tú, sigas siendo tú
y que yo, ahora sea yo...
que lo que te conocí no se asome en mi vida,
que lo que me aferré a ti
no pertenezca jamás a un recuerdo.
Pretendo que hagas la guerra con otra persona.
Pretendo que mantengas tu rencor y tus batallas fijos en otros.
Ya me cansé de luchar contra tu sombra...
Pretendo que te vayas de aquí
y que me entregue la distancia lo que nunca tú pudiste darme...
Pretendo que tus energías
dejen de imaginarse una vida conmigo...
que tus ojos fijos en el piso miren al cielo...
que tu corazón palpitantemente muerto,
considere las cosas desde otro cristal...
Llorarte ha sido lo más gratificante
y lo más hueco que he podido hacer...
lo más intenso, lo más atrevido y colerizante...
No pretendo decir o volver a pretender
que nuestros caminos de alejaron....
porque al más verte sentado en la banqueta
mirando fijmente el suelo,
más me enternece estarte evadiendo y castigando.
¡Si todo fuera más facil!
Si los mares no fueran azules,
la estela de color que desprendes no sería gris...
¿Qué hicimos uno del otro?
Yo te detoné la vida como la dinamita a un rascacielos...
y tu edificio cayó.
Tú, luego de acariciarme las venas con tu amor,
me estallaste y quebrantaste mis propias leyes...
mi estructura, mi alma...
y, al fin y al cabo, usamos al amor
guerreramente letal, el uno contra el otro.
Aproveché de tu flaqueza, debilidad y malestar
para mandarte al hospital del que,
luego de tres años no has podido salir...
Tú, apretujaste y exprimiste mi corazón,
como si fuese un limón,
me secaste con tus propias intenciones de aniquilarme
y dejarme cominando en estado vegetal;
como zanahoria... sin sentir, sin estallar del todo...
sin pretender que pase nada,
sin anhelos ni disgustos,
sin ventajas ni absolutamente nada.
Así estamos: Muertos en vida.
Y supongo que para resucitar
tendríamos que pertenecernos nuevamente y,
es absurdo, cuando tú sabes,
que en cualquier momento,
yo te dejaría tres metros bajo la tierra de mi orgullo
y cuando sé que mi alma dejaría de existir
bajo tu irracional egolatría.
Completamente iguales, completamente diferentes...
Caminamos siendo vegetales
en el sendero indestructible de la Vía Láctea...
Aún así, no pretendo pretender lo que creo que pretendo.
Por Rosalina González.
ni sonreir, ni festejar,
ni deprimirme o aburrirme,
ni levantarme o cabecear...
No pretendo ser amada,
ni pestañear, ni recibir aire,
ni cantar o gritar...
ni dormir, ni tararear...
No pretendo, incluso,
lo que sé que pretendo.
No deseo dejarme intimidar
por el sentimiento más intenso,
ni por el que se dice más insignificante.
Desearía no sentir...
que tus pasos fueran borrados
de la línea de mi tiempo,
que tu voz riendo a carcajadas se extinguiera;
que tu mirada sosteniendo
ese par de abanicos, se desvaneciera...
Pretendo que tú, sigas siendo tú
y que yo, ahora sea yo...
que lo que te conocí no se asome en mi vida,
que lo que me aferré a ti
no pertenezca jamás a un recuerdo.
Pretendo que hagas la guerra con otra persona.
Pretendo que mantengas tu rencor y tus batallas fijos en otros.
Ya me cansé de luchar contra tu sombra...
Pretendo que te vayas de aquí
y que me entregue la distancia lo que nunca tú pudiste darme...
Pretendo que tus energías
dejen de imaginarse una vida conmigo...
que tus ojos fijos en el piso miren al cielo...
que tu corazón palpitantemente muerto,
considere las cosas desde otro cristal...
Llorarte ha sido lo más gratificante
y lo más hueco que he podido hacer...
lo más intenso, lo más atrevido y colerizante...
No pretendo decir o volver a pretender
que nuestros caminos de alejaron....
porque al más verte sentado en la banqueta
mirando fijmente el suelo,
más me enternece estarte evadiendo y castigando.
¡Si todo fuera más facil!
Si los mares no fueran azules,
la estela de color que desprendes no sería gris...
¿Qué hicimos uno del otro?
Yo te detoné la vida como la dinamita a un rascacielos...
y tu edificio cayó.
Tú, luego de acariciarme las venas con tu amor,
me estallaste y quebrantaste mis propias leyes...
mi estructura, mi alma...
y, al fin y al cabo, usamos al amor
guerreramente letal, el uno contra el otro.
Aproveché de tu flaqueza, debilidad y malestar
para mandarte al hospital del que,
luego de tres años no has podido salir...
Tú, apretujaste y exprimiste mi corazón,
como si fuese un limón,
me secaste con tus propias intenciones de aniquilarme
y dejarme cominando en estado vegetal;
como zanahoria... sin sentir, sin estallar del todo...
sin pretender que pase nada,
sin anhelos ni disgustos,
sin ventajas ni absolutamente nada.
Así estamos: Muertos en vida.
Y supongo que para resucitar
tendríamos que pertenecernos nuevamente y,
es absurdo, cuando tú sabes,
que en cualquier momento,
yo te dejaría tres metros bajo la tierra de mi orgullo
y cuando sé que mi alma dejaría de existir
bajo tu irracional egolatría.
Completamente iguales, completamente diferentes...
Caminamos siendo vegetales
en el sendero indestructible de la Vía Láctea...
Aún así, no pretendo pretender lo que creo que pretendo.
Por Rosalina González.
Comentarios