
Ahora que lo pienso, el hecho de sentirme estéril al amor, puede ser causado por los sucesos que han atravesado y marcado mi vida entera, pues ya en un par de ocasiones me enamoré perdidamente y terminé muy lastimada emocionalmente.
Analizaré cada uno de mis fracasos amorosos:
El primer caso, se trató de mi mejor amigo. Él era un chico demasiado importante para mí. Me preocupaba que él pudiera tener problemas en su casa, así que procuraba mantenerme atenta en su difícil evolución familiar, pues, ambos teníamos 14 años y, los dos, unos adolescentes tanto física como mentalmente, entrábamos en la pubertad, edad complicada para relacionarse en familia. Así pues, mi vida se convirtió en él. Llegué a conocerlo lo suficiente como para predecir sus actos, saber qué era lo que amaba de mí y qué detestaba, entonces, conocí también las maneras sutiles de hacerlo sentir celoso, entre otras cosas. En pocas palabras, sin saberlo, logré enamorarlo a través de un año de astucia e inteligencia, mientras él hacía exactamente lo mismo conmigo. Cuando ya casi ambos cumplíamos los dieciséis años (dos años después), callar mi amor por él, se me estaba convirtiendo en una necesidad de decírselo, pero el hecho de ser rechazada (conociendo su forma de rechazar a una mujer), se convirtió en mi mayor terror, así que expresarle mis sentimientos se volvieron una agonía. Como cuando escribo, me desahogo, decidí, luego de mucho tiempo, escribir lo que sentía en una hoja de papel. Él la tuvo en sus manos un día, mientras yo no estaba presente. Supe después que se alegró muchísimo y estaba viviendo en ensueño, así como yo, cuando me di cuenta de que era correspondida. Nada me podría haber hecho más feliz, mas el hecho de que él y yo siempre habíamos sido amigos, mantenía en él, el bochorno de no poderme llamar de otra manera, aunque así lo quería. Pasó un mes y él aún no me podía decir lo que tanto deseaba pronunciar. La inmadurez de ambos, nos hizo encapricharnos por cosas distintas: yo, por querer cambiar su forma de ser y él, por no explicarme las razones por las que no quería dejar de ser como era. Y, de esa manera, enamorados, pero orgullosos, nos distanciamos tanto, que él decía odiarme y yo decía ya no necesitarlo aunque deseaba estar junto a él más que siempre. Eso me marcó e hirió por el resto de mi vida, pues bajé de peso, me deprimí y cometí muchos errores por iniciar noviazgos que no deseaba. Aún lo recuerdo y me estremezco, pues creo, que si me había gustado y lo amaba de esa forma, era porque yo en esencia, amaba lo que había conocido de él desde un principio, si no hubiera buscado la manera de cambiar su carácter, hoy estaría seguramente a su lado. Pero no hay marcha atrás. Él y yo nos dejamos de hablar, mi sentimiento hacia él desapareció y sólo quedó el bendito recuerdo de esa bella etapa de mi adolescencia.
El primer caso, se trató de mi mejor amigo. Él era un chico demasiado importante para mí. Me preocupaba que él pudiera tener problemas en su casa, así que procuraba mantenerme atenta en su difícil evolución familiar, pues, ambos teníamos 14 años y, los dos, unos adolescentes tanto física como mentalmente, entrábamos en la pubertad, edad complicada para relacionarse en familia. Así pues, mi vida se convirtió en él. Llegué a conocerlo lo suficiente como para predecir sus actos, saber qué era lo que amaba de mí y qué detestaba, entonces, conocí también las maneras sutiles de hacerlo sentir celoso, entre otras cosas. En pocas palabras, sin saberlo, logré enamorarlo a través de un año de astucia e inteligencia, mientras él hacía exactamente lo mismo conmigo. Cuando ya casi ambos cumplíamos los dieciséis años (dos años después), callar mi amor por él, se me estaba convirtiendo en una necesidad de decírselo, pero el hecho de ser rechazada (conociendo su forma de rechazar a una mujer), se convirtió en mi mayor terror, así que expresarle mis sentimientos se volvieron una agonía. Como cuando escribo, me desahogo, decidí, luego de mucho tiempo, escribir lo que sentía en una hoja de papel. Él la tuvo en sus manos un día, mientras yo no estaba presente. Supe después que se alegró muchísimo y estaba viviendo en ensueño, así como yo, cuando me di cuenta de que era correspondida. Nada me podría haber hecho más feliz, mas el hecho de que él y yo siempre habíamos sido amigos, mantenía en él, el bochorno de no poderme llamar de otra manera, aunque así lo quería. Pasó un mes y él aún no me podía decir lo que tanto deseaba pronunciar. La inmadurez de ambos, nos hizo encapricharnos por cosas distintas: yo, por querer cambiar su forma de ser y él, por no explicarme las razones por las que no quería dejar de ser como era. Y, de esa manera, enamorados, pero orgullosos, nos distanciamos tanto, que él decía odiarme y yo decía ya no necesitarlo aunque deseaba estar junto a él más que siempre. Eso me marcó e hirió por el resto de mi vida, pues bajé de peso, me deprimí y cometí muchos errores por iniciar noviazgos que no deseaba. Aún lo recuerdo y me estremezco, pues creo, que si me había gustado y lo amaba de esa forma, era porque yo en esencia, amaba lo que había conocido de él desde un principio, si no hubiera buscado la manera de cambiar su carácter, hoy estaría seguramente a su lado. Pero no hay marcha atrás. Él y yo nos dejamos de hablar, mi sentimiento hacia él desapareció y sólo quedó el bendito recuerdo de esa bella etapa de mi adolescencia.
Comentarios